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Dos cuerpos enormes se plantaron ante él. Eran dos hermanos gemelos, idénticos como dos gotas de agua. Tenían unas musculaturas espectaculares. Los pectorales, bíceps, tríceps, abdominales, glúteos, muslos y pantorrillas se les marcaban de manera formidable con cada uno de los movimientos que hacían. Tenían las espaldas muy anchas y las caderas estrechas. Las piernas parecían columnas capaces de sostener edificios enteros. Miguel calculó que debían medir alrededor de un metro noventa. El vello que les cubría las piernas y el pecho era tan negro y abundante que el Doberman tuvo que dibujarles los números en las espaldas. Tenían la piel trigueña y los ojos verdes. La expresión de los rostros era tosca, incluso agresiva. Hablaban con un fuerte acento caribeño entre ellos y mientras lo hacían se tocaban y acariciaban el uno al otro con la mayor naturalidad.
Tenían un par de vergas espectaculares, enormes, idénticas. Aun estando flácidas se veían inmensas, largas, gruesas, con unas cabezas brillantes y poderosas. Los cojones también colgaban de manera descomunal, creando un conjunto que era todo un alarde de poder y de belleza. Y además en partida doble.
Miguel estaba hipnotizado con la imagen. No les podía sacar los ojos de encima. Los gemelos se percataron de la de la manera en que estaban siendo observados y comenzaron a mirar a Miguel ellos también. Uno le dijo algo al oído al otro. Miguel notó que le miraban el culo. Se sintió incomodo y buscó instintivamente algo con qué cubrirse. No lo encontró. Decidió alejarse de ellos. Caminó hacia el fondo del salón. Los gemelos seguían mirándole el culo.
¡Número 34! - gritó un asistente desde la puerta. A Miguel se le heló la sangre. Era su turno. Se arregló el cabello y se humedeció los labios con la lengua. ¡Numero 34! - volvieron a llamarlo. ¡Voy! - contestó.
Salió corriendo. El asistente lo guió por un largo pasadizo que desembocó en un enorme hall. En una de las paredes, enmarcada por una imponente estructura, había una gran puerta de acero. Miguel sintió escalofríos. Sabía que al otro lado de esa puerta estaba reunido el jurado que lo evaluaría.
Espera acá- le dijo el asistente mientras desaparecía por una puerta lateral.
Miguel dio una nerviosa mirada alrededor. En dos de las paredes había inscripciones hechas en relieve sobre el concreto. Una decía: "Juventud + Belleza + Profesionalismo + Técnica = ÉXITO". Y la otra "La prostitución es un trabajo no un delito".
Vamos. Te están esperando - le oyó decir al asistente.
A Miguel se le hizo un nudo en el estómago. Respiró hondo y vio cómo se abrían las dos hojas de la imponente puerta.
El espacio que apareció ante él estaba completamente oscuro. Mientras avanzaba, guiado por el asistente, Miguel sintió como sus pies se hundían en una suave alfombra. Alguien chasqueó los dedos de una mano y un reflector se encendió. El cuerpo de Miguel se iluminó con la potente luz. El asistente se retiró dejándolo completamente solo. Miguel hizo un esfuerzo por tratar de ver algo pero no pudo, el reflector lo cegaba completamente
Abre más las piernas y cruza los brazos tras la espalda - le escuchó decir a una voz grave, Miguel hizo lo que le ordenaban.
Levanta un poco más el mentón. Queremos ver bien tu cara.
Era la misma voz. Una voz que parecía acostumbrada a dar ordenes y a ser obedecida inmediatamente.
Miguel levantó el mentón como le ordenaban. Siguieron unos minutos en completo silencio. Miguel sintió que varios pares de ojos evaluaban cuidadosamente cada uno de sus atributos.
¡Medidas! - ordenó la misma voz.
Inmediatamente dos asistentes corrieron hacia Miguel. Llevaban una cinta para medir.
Estatura: "Un metro con ochenta centímetros". - dijo uno de los asistentes. Espaldas: "Sesenta centímetros" - dijo el primero. Brazos: 'Treinta y siete centímetros". Muslos: "Cincuenta y seis".
Miguel escuchó como alguien ingresaba sus datos en una computadora. Le sorprendió que no dejasen un solo lugar de su cuerpo sin medir: el pecho, el cuello, las caderas, las palmas de las manos, la longitud de los dedos, los tobillos, los empeines, las orejas... De pronto sintió que uno de los asistentes le ponía la mano entre las piernas cogiéndole los cojones.
Tamaño de los testículos: "B-1" - dijo el asistente.
Luego los frotó por un par de segundos y agregó:
Textura: "A-3".
Inmediatamente después el otro asistente le cogió la verga y lo comenzó a masturbar. A Miguel se le paró casi instantáneamente.
Capacidad de reacción del pene al estímulo táctil: "A-3" dijo el asistente.
Luego le presionó la verga con la mano.
Grado de dureza: "A - 4".
El primer asistente le puso un dedo en el glande y empujó hacia abajo. La verga de Miguel volvió a levantarse.
Angulo de erección: "A- 3" - dijo el otro asistente. Miguel vio como colocaban un extremo de la cinta en la base de su verga y medían cuidadosamente el largo que tenía hasta la cabeza del glande.
Longitud de pene: "Dieciséis centímetros y medio".
De pronto Miguel sintió que se hacía un silencio absoluto en la sala. Los dos asistentes Quedaron paralizados, mirándose el uno al otro sin saber qué hacer. La tensión se podría haber cortado con un cuchillo.
¡No califica! - dijo de manera autoritaria la voz grave con acento alemán. ¿Có... cómo? ¿Por qué? - tartamudeó Miguel.
Se requiere un mínimo de dieciocho centímetros de longitud de pene para ser aceptado en el Programa de Activos - dijo otra de las voces del jurado.
Miguel estaba completamente aturdido ¡Tenía que haber un error! ¡No podía ser que fuese rechazado sólo por el tamaño de su verga!.
Que pase el próximo- dijo una tercera voz.
Los dos asistentes lo empujaron hacia la puerta. Miguel vio cómo todo se oscurecía nuevamente a su alrededor.
¡Un momento! - dijo la voz con acento alemán.
Inmediatamente los asistentes se detuvieron.
Colóquenlo nuevamente bajo el reflector.
Los asistentes retrocedieron y colocaron a Miguel nuevamente en el centro de la sala. Su cuerpo se volvió a iluminar. Miguel oyó que los miembros del jurado susurraban entre ellos. Parecía que estaban discutiendo. Pasaron varios segundos que a Miguel le parecieron una eternidad.
Date la vuelta- dijo la voz con acento alemán. ¿La vuelta? - dudó Miguel. Sí. Muéstranos el culo.
Lentamente Miguel se dio la vuelta mostrando el culo. Se levantó un murmullo de admiración. Miguel escuchó el sonido de un cuerpo que se levantaba arrastrando una silla. Yo mismo lo voy a medir.- dijo la misma voz. ¡Es Sven! ¡Viene para acá! - le dijo uno de los asistentes al otro. Ambos se retiraron atemorizados.
Miguel pudo sentir como esa presencia imponente se desplazaba hacia él. Pudo sentir el respeto que infundía en los demás. Pudo sentir la seguridad con la que caminaba. Pudo sentir su olor. El olor que emanaba de esa piel. Sven en el campo de visión de Miguel y el reflector lo iluminó a él también. Por un segundo se miraron fijamente el uno al otro. Miguel se quedó sin habla. Lo que tenía delante era un hombre extremadamente apuesto y elegante. Un hombre de tal distinción como sólo los había visto en el cine o la televisión. Uno de esos hombres que aparecían piloteando sus propios yates, aviones o automóviles deportivos. Uno de esos hombres que se bronceaban en las más hermosas playas del Caribe, cenaban en los restaurantes más exclusivos y jugaban golf en los lugares más exóticos del plantea. Debía tener unos treinta y cinco años y una estatura de un metro ochenta y seis. Era esbelto y se movía pausadamente, con los lentos y elegantes movimientos de un felino. Llevaba un traje finísimo, un diseño exclusivo hecho especialmente para calzar perfectamente en su bien proporcionado cuerpo. Miguel observó la corbata de seda, el reloj de platino, los zapatos, el cinturón, la camisa y calculó que hubiese necesitado de su salario de tres años en el almacén donde había trabajado hasta hace poco para poder comprar lo que ese hombre llevaba puesto. Era rubio; y bajo esas doradas cejas unos penetrantes ojos azules, fríos como el acero, lo miraban fijamente. Miguel no pudo resistir la fuerza de esa mirada y bajó los ojos. Al hacerlo pudo notar que la mano derecha de Sven estaba cubierta por un guante de cuero negro. Sven caminó lentamente alrededor de Miguel, como una fiera cercando a su presa. De pronto Miguel sintió que las enormes manos de Sven se posaban sobre sus nalgas. Se le aflojaron las piernas y un escalofrío le subió por la columna. Sven deslizó las manos suavemente siguiendo las prominentes curvas de su culo y Miguel pudo sentir, simultáneamente, la tersura de la palma de la mano izquierda y la aspereza del guante negro con el que se cubría la mano derecha.
No calificas para el programa de activos - le susurro Sven al oído. Pero dadas las excepcionales características de este culo, el jurado de "La Academia" estaría dispuesto a considerarte para el programa de los pasivos. ¿Aceptas?.