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RECUERDOS DE MI JUVENTUD Sorpresas tiene la vida. Salgo de casa y me
encuentro en el camino, con un viejo amigo. Juntos descubrimos la sexualidad. Como es habitual entre muchos jóvenes aliviábamos los incipientes calores de nuestras entrepiernas el uno con el otro. No recuerdo exactamente cómo comenzaron nuestros escarceos pero sé que empezamos mostrándonos nuestros penes, después continuamos masturbándonos conjuntamente y al final acabamos haciéndonos pajas el uno al otro. Lo que sí que recuerdo nítidamente es que
nuestros "juegos" se prolongaron durante varios años. Se daba la
circunstancia de que mis padres solían salir las tardes de los fines
de semana. Yo aprovechaba para ir a buscar a Juan a su casa, lo
llevaba a la mía y allí, con toda la tranquilidad del mundo,
hacíamos lo que mas nos gustaba, claro con mucho cuidado. ¿Y qué tal te va? - Pues bien, no me puedo
quejar. ¿Y a ti, qué es de tu vida? - Bien, Ya sabes que me casé.
Por cierto, vivo aquí mismo. ¿Te apetece subir, tomamos algo y En ese momento un escalofrío recorrió mi cuerpo. De mi más profunda memoria emergió la emoción que sentía cada vez que se marchaban mis padres e iba a casa de Juan a buscarle para dedicarnos a nuestros juegos lujuriosos. El corazón se me aceleraba, la voz se me entrecortaba por el ansia de un encuentro sexual que sabía inminente. Pues esta vez me ocurrió exactamente lo mismo. Hasta sufrí una erección que tuve que disimular mientras subíamos en el ascensor. Por fin entramos. ¿Y estás solo en casa? - Sí, mi mujer ha
salido de viaje. ¿Qué quieres tomar? - Si Comenzamos a charlar y a relatarnos lo que había sido de nuestras vidas desde que no nos veíamos. Al rato, la conversación comenzó a derivar sobre los tiempos pasados, de cuando habíamos crecido juntos. En un determinado momento Juan va y me suelta: ¿Te acuerdas de lo que hacíamos de pequeños? Estábamos hechos unos maricones ¿eh? - Oye, a falta de pan, buenas eran tortas.
Que nos lo pasamos bien o no? La verdad es que nuestros juegos eran de lo más inocente. Como ya he comentado comenzamos masturbándonos a la vez. Luego nos lo hacíamos el uno al otro. También nos desnudábamos y nos metíamos juntos en la cama. Nos abrazábamos y nos dedicábamos a restregarnos nuestros cuerpos desnudos. Juan tenía una piel extraordinariamente suave que era una delicia sentir en íntimo contacto.
Nunca llegamos a intentar el sexo anal. Aunque yo se lo propuse varias veces, él se negó. Decía que eso era de maricones. La verdad es que ninguno de los dos nos sentíamos homosexuales. Sentíamos que lo que hacíamos lo hacíamos simplemente por no tener una chica a mano, y la verdad es que yo nunca he estado con otro chico ni tampoco me resulta atrayente. Pero eso sí. Me arrepiento profundamente de no haber insistido a Juan para que me penetrara. El deseo de haber sentido su pene insertado en mi culo me ha perseguido muchas veces. Con la conversación orientándose hacia esos
escabrosos temas la erección me volvió de nuevo. Esta vez no intenté
disimularla. Más bien, al contrario, me incliné hacia atrás contra
el respaldo del sofá para que mi estado quedara bien patente. ¿No
había sacado Juan el tema? Pues que vea cuales son los sentimientos
que me provocan. El corazón me latía que no me cabía en el pecho. Sin dudarlo me levanté del sofá y me arrodillé entre sus piernas abiertas. Le empecé a acariciar el pene por encima del pantalón mientras que le miraba a los ojos, observando la cara de gusto que ponía. Le abrí la bragueta y acerqué mi cara a la abertura. Dicen que los olores son muy evocadores. Doy fe de ello. El aroma inconfundible de su hermoso pene me llevaba al recuerdo de aquellos años en que tanto disfrutamos juntos.
Nunca se la llegué a chupar. Alguna vez me la metía en la boca mientras y le recorría la piel con mis labios, pero jamás mi lengua tocó su glande. Ni muchísimo menos nos llegamos jamás a correr uno en la boca del otro, pues esta vez estaba dispuesto a recuperar el tiempo perdido, le solté el cinturón y le bajé los pantalones hasta los pies, su pene, tieso como una vela, aparecía perfectamente dibujado bajo la tela de sus calzoncillos. Lentamente, con la liturgia del arqueólogo que descubre un gran tesoro, le fui apartando el slip. Y su pene apareció radiante, exactamente igual a la última vez que se la vi, ya hace muchos años. De color muy claro, ligeramente doblada hacia la izquierda y de piel suavísima, como de terciopelo. No tengo mucha experiencia en penes, pero el de Juan me resultaba tremendamente apetecible. Acerqué mi cara a su fantástica verga. El
prepucio, parcialmente retraído, dejaba asomar la punta del glande.
Un fino hilo viscoso y brillante lo unía a una gota de líquido
preseminal depositado en su abdomen. Su sexo emanaba un aroma
delicioso que me embriagaba. Sin pensármelo, lamí esa gota perdida.
Por primera vez en mi vida saboreé el elixir preseminal y descubrí
que tenía un cierto sabor dulzón. No me resultaba en absoluto
desagradable.
Ensalivé el dedo, para facilitar la operación y suavemente se lo fui introduciendo hasta que quedó totalmente enterrado en su trasero. Juan emitió un ronco alarido de gusto mientras que sus ojos se quedaban en blanco por el placer que experimentaba. Seguí con la mamada mientras que con el dedo bombeaba en su culo hambriento. Pocos segundos después llegó el esperado resultado. Estoy a punto de venirme, dijo Juan supongo que
con este aviso me estaba dando la opción para retirarme y evitar
recibir su corrida en mi boca. Pero yo tenía muy claro lo que
deseaba. De pequeño nunca llegué a probar el sabor de su semen y
esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Como
respuesta a su anuncio hinqué con más fuerza mi dedo en su ano,
agarré el tronco de su verga con mi mano libre y empecé a meneársela
con energía mientras que su glande, dentro de mi boca, era recorrido
ansiosamente por mi lengua. No solté la verga, mantuve su pene dentro de mi
boca, apoyando la cabeza sobre su vientre y tragando los últimos
efluvios que escurrían, iba progresivamente disminuyendo de tamaño.
Yo estaba al rojo vivo, y mantener su pene flácido en mi boca no me
resultaba en absoluto desagradable. Bien al contrario, gracias a su
reducido tamaño me lo llegué a tragar entero, jugando con él en mi
boca como si se tratase de un caramelo. Bueno, pues hoy me tocaba a mí disfrutar de su verga tiesa. Sin pensármelo me coloqué en cuclillas en el sofá sobre él y de frente. Pegué mi pecho al suyo para sentir su suave contacto. Tomé su verga con la mano y lo oriente hacia mi ano. Me dejé caer suavemente insertándome la punta. Esta vez Juan no protestó, muy al contrario se ve que deseaba la experiencia tanto como yo. Mierda, era un gustazo sentir mi ano dilatado por su verga, la mía quedaba justo a la altura de la boca de Juan, sin mediar palabra procedió a tragársela y me deleitó con una mamada de la misma categoría de la que yo le había hecho a él momentos antes. Segundos fue lo que tarde en corrérmela. Que te
la chupen mientras te la están metiendo por el culo es una
experiencia realmente increíble. Creo que jamás olvidaré esos
momentos. Nos metimos los dos en la cama. ¿Cómo me pongo? le dije – Échate de lado y encoje las piernas Me coloqué en lo que podría denominarse posición fetal. Juan se tumbó a mi espalda, embadurnó con mantequilla su verga y en la entrada de mi ano. Ahora relájate, que te voy a penetrar, me dijo. Sentí como su miembro presionaba en mi abertura y sin mucha dificultad se colaba en mi interior. Me sentía como empalado, completamente lleno de su él. No puedo decir que fuera desagradable pero si que me resultaba muy extraño. Desde luego nada parecido a tener un dedo en el culo, que era la única experiencia de sexo anal que conocía. Tras un ratito estando quietos se ve que mi
esfínter se fue habituando al objeto que lo dilataba y empecé a
sentirme más cómodo. Juan empezó a bombear suavemente mientras que
me acariciaba la verga. Poco a poco fue aumentando el ritmo y la
profundidad de la penetración. Al rato, su verga entraba y salía de
mi culo con total facilidad. Yo me mantenía pasivo disfrutando de la
sensación de ser penetrado, que ya me resultaba deliciosa. Con una
sensibilidad absoluta notaba como el pene de Juan se deslizaba por
mi ano y me llenaba los intestinos. Juan, concentrado en el coito
anal, me penetraba, pegando su pecho contra mi espalda y con sus
manos sujetas en mis hombros por debajo de mis brazos.
¿Te hago una paja? Me preguntó Juan - Sí, por favor. Estoy a cien - ¿Cómo te gusta? Suave o más bien rápida - Házmela como si te la estuvieras haciendo tú. Imagínate que es tu verga.
La mano de Juan se acomodó en mi verga y comenzó a masturbarme. Iba jugando con los cambios de ritmo, primero más lento, luego más rápido y así, hasta alcanzar una velocidad vertiginosa. La intensa estimulación, unida a la deliciosa sensación de estar penetrado por su pene flácido, hizo que no durara mucho y pronto chorros de mi leche fueron a parar a las sábanas. Tras relajarnos unos instantes nos desacoplamos y
nos fuimos a la ducha. Una experiencia que la he vivido al máximo. |
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