moral. Entretanto me va moviendo la cabeza arriba y abajo, mientras yo uso la lengua. Es un viejo hábito para ambos, que me resulta muy grato, no te imaginas cuanto. Además, el olor de la polla del padre era un momento excelso de nuestra amistad. Especialmente cuando está por iniciar su descarga. El Padre comprende perfectamente mi problemática con los gays. Él se va tomando su tiempo, mientras me dice "succiona, hijo, succiona". Y yo, atento a su pedido, succiono con entusiasmo, con la boca llena por el enorme glande del religioso. Hasta que comienza su abundante descarga. A veces, en ese momento me corro en los pantalones, y eso que no soy gay, ni tampoco el Padre. Pero está rico. Así que me cuesta abandonar su sabroso pedazote, mientras mi confesor me da sus últimos consejos para mi cruzada.